A Shakespeare se vuelve siempre. Por algo, Harold Bloom tituló su estudio sobre su obra “Shakespeare o la invención de lo humano”. Y tal vez valga la pena releer sus grandes tragedias en estos tiempos en que la fascinación por dar saltos al vacío, por “superar” la democracia o refundar todo desde cero, se viraliza en el mundo entero.

En Chile, todo está por verse. La oportunidad de discutir una nueva Constitución nos abre la posibilidad de apostar por el orden, un nuevo orden o como quiera llamársele, pero orden al fin. Si hacemos bien la tarea constitucional, ese nuevo orden podrá dar cauce a todas las energías positivas que claman por un nuevo pacto social y político, y contener las negativas que parecen recelar de todo orden posible. Sin embargo, el acelerado deterioro de nuestra clase política y de nuestra convivencia pareciera traer malos presagios y —como en la obra “Macbeth”— las brujas parecen haber entrado ya a escena. Abundan los signos carnavalescos (pero es carnaval de la élite política, no del pueblo), que incluyen insultos, funas, agresiones, verónicas rocambolescas, odio disfrazado muchas veces de fiesta. Recordemos cómo entraron las brujas en “Macbeth”, diciendo: “fair is foul, and foul is fair” (“lo hermoso es lo feo y lo feo es lo hermoso”). Inversión de los valores que presagia la confusión y el caos. Hace tiempo que el feísmo campea en el lenguaje, la comunicación virtual, incluso en algunas manifestaciones estéticas. La aniquilación o el olvido de la Belleza es tal vez uno de los primeros signos de la descomposición de una cultura. En estos lares, la destrucción del Museo Violeta Parra —de la artista que creó una Belleza auténtica y de gran potencia— fue un signo de lo que pueden llegar a hacer nuestras brujas y demonios.

En su magnífico e iluminador ensayo “Del caos al imperio del derecho (la búsqueda de la justicia en Shakespeare)”, la joven doctorada en derecho Emilia Jocelyn-Holt muestra a un Shakespeare al que le tocó vivir un tiempo de transformaciones tan aceleradas como el nuestro, en Londres, esa ciudad que era un “gran teatro” (lo dijo John Donne) y en la que el teatro cumplía una función política central. Ese mismo Shakespeare que siempre sintió atracción por los abismos del alma humana, que tuvo fascinación por el caos, el mismo que temió que el mundo se alejara de la racionalidad. Tal vez porque lo frecuentó y conoció tanto —incluso dentro de su propia alma— es que le temió tanto. Emilia Jocelyn Holt nos hace ver que, en sus grandes tragedias, Shakespeare nos invita a tener la experiencia de lo que puede llegar a ser un mundo sin Derecho, especialmente en la obra “Macbeth” En ese mundo no existen normas, respeto a la ley, ni reglas, ni precedentes, ni constituciones. Ese caos es antagonista del Derecho, que nació para controlarlo.

Ese mismo temor al caos en el orden social fue lo que llevó a Maquiavelo a escribir “El Príncipe”, a Thomas Hobbes el “Leviatán” y a Tomás Moro su “Utopía”. Shakespeare buscó otra salida y apostó por un Derecho fundado en la justicia, un sistema institucionalizado y racional, con reglas claras, que pusiera coto a la violencia y que buscara otra respuesta ante los conflictos que la venganza (muy presente en su tiempo). Hamlet, por ejemplo (tal vez el personaje en que sentimos respirar más cerca al mismo Shakespeare), podría ser un juez trágico y no el patético personaje que no hace nada, como se ha dicho tantas veces.

El libro de Emilia Jocelyn-Holt nos hace pensar que el gran teatro puede cumplir no solo una tarea catártica, sino que muchas veces dar luces que la política no da. Por eso es tan importante que en estos tiempos el teatro siga vivo, pensando, sintiendo, buceando en los abismos de nuestro tiempo, para apostar por un orden posible en tiempos de peligro. Porque el otro teatro (el de la política) parece estar cayéndose a pedazos: lo que vemos es una comedia o sainete de mala calidad, que puede —ojalá no sea así— terminar en tragedia.

Escrito por Cristián Warnken para El Mercurio

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