La falta de convicciones es lo que nos tiene donde estamos. Con una oposición liderada por las facciones de extrema izquierda del Frente Amplio y el Partido Comunista, y una derecha lánguida de ideas que busca sintonizar con la ciudadanía pidiéndole a la izquierda prestada sus ideas. Quién habría dicho, tres años atrás, cuando la ciudadanía eligió Presidente de la República a Sebastián Piñera, que poco después íbamos a estar paralizados en materia de reformas indispensables (previsión, salud, menores, inmigración, etc.), con serios problemas de orden público y de violencia y compitiendo por políticas públicas cual más populista y simplista que la otra.

La gente votó en 2017 por un hombre de derecha, con un rasgo muy especial, ser empresario. Sin duda, el escaso crecimiento del uno y tanto por ciento en el período de Bachelet II hizo valorar tener una persona que tenía buenos diagnósticos de lo que ocurría en cada uno de los sectores más complejos y que prometía volver a despertar la inversión, para darle combustible al crecimiento y, con ello, a los empleos formales, salarios más altos y, en fin, desatar el círculo virtuoso de la economía. El frenazo empezaba a frustrar las expectativas de la nueva clase media, viajera, con educación superior como nunca antes, endeudada, pero para la casa propia; con segunda vivienda en la playa y autos que nunca soñaron estacionarían en sus viviendas, originalmente, básicas.

Es cierto que se vuelve más difícil vender las ideas del deber ser cuando hay explosiones de violencia toleradas y alimentadas por buena parte de la oposición y cuando un virus maldito convierte la globalización en una quimera y la vida normal en encierro. También es verdad que esta oposición ha demostrado casi sin excepciones que prefiere complicar al gobierno a apoyar alguna acción de bien común y que se ha empeñado en trocar el diálogo por el conflicto.

Pero son estos momentos complicados los más adecuados para demostrar las convicciones. Cuando tambalea la globalización que alimenta nuestro modelo exportador, cuando se empieza a perder el equilibrio fiscal porque al Estado se le cancelan la mitad de los ingresos y se le duplican los gastos, cuando el piso institucional es remecido por un proceso constituyente incierto. Y, ¿qué tenemos? Todo el discurso del Piñera candidato desapareció. Ese que prometía volver a echar a andar la economía, aumentar el empleo formal y regresar a la buena política pública para enfrentar el tema de la infancia, salud, pensiones, inseguridad, especialmente en la Araucanía, migración, financiamiento de la educación superior, etc.

Hoy solo oímos las ideas de la ultra izquierda, que la otrora izquierda democrática repite como caja de resonancia: desigualdad, inclusión, redistribución, derribar el modelo neoliberal, no + AFP, élites. Todas las soluciones son facilistas, como echar mano a los fondos de pensiones acumulados por 40 años peso a peso, con la “excusa” que no llega ayuda del gobierno a la gente. Son los organismos internacionales, como el FMI o el BID, los que lo desmienten porque no hay otro país en la región que haya llegado con más ayuda a un mayor número de personas que Chile.

Y lo puede hacer porque hizo bien las cosas antes. Los llamados economistas de Chicago construyeron el sistema de pensiones. Ha sido un modelo en el mundo por los problemas insalvables del reparto, pero políticos (con excepciones) y el gobierno de derecha se suman como comparsa a la izquierda para destruirlo. Es evidente que así como mintieron y no hubo “un solo retiro excepcional del 10%”, vendrán otros, por lo demás ya anunciados. Todo parece conducir a que finalmente el Estado echará mano a los fondos. El proyecto para ello está presentado. Y en vez de estar dando la pelea por mejorar el pilar solidario del sistema y hacer la reforma para aumentar el ahorro y así mejorar las pensiones, los vemos sumándose al coro de la política fácil de “llegar y llevar” y sin ninguna racionalidad, a la cual denominan ahora “letra chica”. Porque dónde se había visto que los que han convertido en motor de la historia la desigualdad, la hayan olvidado para autorizar que el 20% más rico hiciera retiros seis veces mayores que el 20% más pobre. Y ¡sin impuestos!

Y en vez de tener al Ejecutivo defendiendo que impedirá destruir en meses lo que se tardó en construir 40 años y que le permite a Chile otorgar pensiones básicas solidarias al 60 por ciento de la población (¿habrá otro en la región?), y acumular ahorros para financiar la inversión, los créditos hipotecarios, los empleos, el alza de salarios, las políticas sociales, etc… en vez, tenemos al vocero asegurando “el gobierno no está en contra del retiro del 10%, está en contra del mecanismo que se está ocupando”. Es decir, se puede continuar extrayendo los fondos destinados a la vejez y a financiar el crecimiento del país, pero no a través de un resquicio constitucional que usa la oposición, sino que a través de un proyecto de ley que gentilmente ofrece ahora el gobierno. Al menos, ayer domingo, éste se resolvió a reclamar el resquicio ante el Tribunal Constitucional, lo cual no altera en absoluto la pésima política pública de este segundo retiro.

Hace rato que en La Moneda prefieren sumarse a las malas políticas públicas. El Mandatario, como candidato, las criticó duramente. Pero ahora se suma al coro parlamentario facilista que opta por lo que cree bueno para sí mismo, aunque hipoteque el futuro de Chile.

Por Pilar Molina, periodista, para ellibero.cl

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