Vale la pena leer o escuchar en estos días el discurso de despedida que el expresidente de Uruguay José Mujica pronunciara al presentar su renuncia al Senado de su país. Es un discurso que permite todavía sostener la esperanza de que se puede hacer política en un nivel de reverberación espiritual distinto. Es más, creo que demuestra que solo los políticos que se han trabajado interiormente, que han dado un salto de conciencia a partir de un dolor, una derrota o sufrimiento, son los que pueden conducir a sus pueblos a destinos mejores que a los que muchas veces los condenan los líderes destructivos, tan abundantes hoy.

Mujica fue guerrillero, luego prisionero político y ahí, en el pozo amargo de la prisión, aprendió mucho más de sí mismo y de la vida que todo lo que había leído en los manuales revolucionarios, en los libros teóricos que lo habían inflamado en la juventud. Como Mandela o Gandhi, después de un hondo descenso, Mujica se convirtió en el líder que hoy conocemos. La derrota y los duelos pueden ser grandes escuelas, pero no aseguran la resiliencia de quienes los sufren. Hay quienes convierten esas derrotas y dolores en acelerantes de sus odios y resentimientos, y a ellos en portadores de un poder de devastación sin límites. Ha habido muchos de esos en nuestra Latinoamérica y, por eso, cuando aparece un líder como Mujica, valdría la pena mostrarlo como un referente y modelo a las nuevas generaciones, que tienden a deificar —muchas veces— a líderes que han sembrado muerte, violencia y odio. Y los idealizan porque hay una nostalgia de épica en nuestro tiempo. Pero hay otras épicas mejores (las de un Mandela, un Mujica o un Gandhi ), hechas de grandes gestos, como el de cruzar la calle e ir a conversar con el enemigo para acordar una paz que parecía imposible. Gestos como esos requieren de verdadero coraje. Pero a muchos les genera más entusiasmo y adrenalina levantar trincheras y encender barricadas y hogueras que derribar muros y prejuicios.

¿Por qué una política constructiva suele ser menos atractiva que una destructiva? José Mujica, habiendo sufrido lo que sufrió, bien pudo haberse convertido en un aventador de odios y rencores, pero dijo en su discurso de despedida en el Senado: “el odio es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio nos destruye. Yo tengo mi buena cantidad de defectos, soy pasional, pero en mi jardín hace décadas que no cultivo el odio, porque aprendí una dura lección que me impuso la vida, que el odio termina estupidizando, nos hace perder objetividad”. ¿Pura lírica, retórica de político jubilado? No. Sabiduría conquistada en la adversidad, en la realidad dura y cruda de décadas difíciles, palabras de un exguerrillero que se dio cuenta que el odio no es el verdadero combustible para el cambio y para construir una sociedad más justa, sino el amor. “El que camina una legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral”, dijo otro gran revolucionario pero de la poesía, el poeta de la democracia: Walt Whitman. Mujica, Mandela, Gandhi transitaron sus mejores leguas e hicieron transitar por ellas a sus pueblos, con amor, hacia el horizonte de una liberación posible, sin necesidad de guillotinar a nadie. Porque —y lo dice otro poeta, pero de Chile, Enrique Lihn— “a pesar de mi cólera no quise desbaratar a mi enemigo”.

Mujica, al comenzar su discurso de despedida, lo primero que hizo fue rendirle un sentido homenaje a un colega suyo en el Senado, un rival político. ¿No necesitamos urgentemente gestos así en todos los espacios de discusión y deliberación pública, en los que abunda hoy toxicidad y encono? ¿Será mucho pedir un poco de grandeza a nuestros dirigentes políticos para que al final de estos intensos meses y años que vienen, puedan decir —como lo dijo Mujica— que lo que los movió fue el genuino amor por su pueblo y su país y no el odio ciego, narcisista y destructivo que hunde a las naciones, en vez de asegurarles un destino digno y decente?

Escrito para el diario El Mercurio por Cristian Warnken

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