Alcanzar la presidencia de Estados Unidos es un sueño cumplido para Joe Biden, una ambición que acariciaba desde mucho tiempo atrás. Como número dos de Barack Obama, Biden visitó la escuela católica de primaria a la que asistió en Delaware. Un niño le preguntó si quería ser presidente y él contestó que no, ha contado Ted Kauffman, su exjefe de gabinete y uno de sus amigos más cercanos a T he Washington Post . Una monja lo desmintió sacando una redacción escolar en la que “Joey” ya coqueteaba con la idea.

No eran sueños comunes en el entorno en que se crió ni para alguien con las pruebas personales que tuvo que afrontar. Nacido en 1942 en Scranton, la ciudad obrera de Pensilvania donde Trump cerró el lunes su campaña de reelección, J oseph Robinette Bide tuvo apodos hirientes durante su infancia como consecuencia de su tartamudez. La superó pero, en los últimos años, a veces vuelve a manifestarse y Trump y sus aliados se han mofado de él por ese motivo. Cuando tenía 10 años, su padre perdió el empleo y la familia se mudó a Wilmington (Delaware) en busca de oportunidades

Las burlas continuaron en la nueva escuela pero su tesón y la fe inquebrantable de su madre en él le ayudaron a superar su tartamudez. Su fórmula, recitar poemas de Yeats y Emerson frente al espejo. “Mucha gente cree que el tartamudeo de Biden es una de sus mayores debilidades pero es algo que le da fuerzas. De ahí vienen sus agallas y su determinación por competir”, opina John Hendrikson, periodista de The Atlantic , tartamudo como él. Al llegar al instituto, Biden fue elegido presidente de su clase.

Tras un breve paso por la política local, el joven Biden, casado con Neilia, padre de una fotogénica familia de tres hijos, empezó a mirar a Washington. “Audacia es un buen término para aplicar a Biden aquellos años”, afirma Curtis Wilkie, de The News Journal . Decidió presentarse a un escaño por Delaware en 1981 cuando aún no había cumplido los 30 años necesarios para ocupar el escaño.

Sin contactos ni dinero, Kauffman le dijo que no tenía nada que hacer frente a su rival. Entonces como ahora las tensiones raciales sacudían al país y Biden, que había trabado amistad de joven con la comunidad afroamericana de Wilmington cuando trabajaba de socorrista en una piscina pública, puso en acción su don de gentes y buscó su voto. Ganó por menos de 3.000 papeletas. Los negros de Delaware le hicieron senador. Igual que casi 40 años después el voto afroamericano de Carolina del Sur le permitió salvar su candidatura presidencial, igual que esta semana le ha valido una probable victoria en Georgia, donde ningún candidato demócrata ganaba las presidenciales desde 1992.

Apenas llegó a la cima, la tragedia golpeó a Biden. El coche en que viajaba su familia cuando volvía de comprar un árbol de Navidad sufrió un accidente. Su esposa y su hija murieron. Los chicos, Beau y Hunter, se salvaron pero quedaron malheridos. Biden juró su cargo como senador junto a la cama del hospital de los niños. El demócrata cuenta a menudo cómo la fe le ayudó a superar esta prueba vital, un episodio que le sirve para mostrar empatía con quienes sufren.

Sam Waltz, un periodista y consultor de Wilmington, conoce a los Biden desde aquellos años. En julio relataba a esta corresponsal cómo en 1978 éste le dejó caer que soñaba con la Casa Blanca y empezó a construir un aura de presidenciable. Tiene “madera de presidente”, empezó a decir por esos años.

Diez años después, arropado por su nueva pareja, Jill, y su familia, se lanzó a la carrera presidencial. La campaña naufragó al trascender que había plagiado descaradamente un discurso del laborista británico Neil Kinnock en el que hablaba de sus orígenes humildes. En el 2008 lo intentó de nuevo pero Obama y Hillary Clinton eran rivales demasiado grandes y se retiró. No era su momento.

A punto de terminar su segundo mandato como vicepresidente, la tragedia volvió a golpearle. Un cáncer cerebral se llevó a su hijo Beau a los 49 años y Biden no tuvo fuerzas para presentarse a las primarias demócratas del 2016. A los 77 años, se ha enfrentado al rival más beligerante jamás visto para perseguir su sueño. “Estoy acostumbrado a tratar con tipos como Trump”, dice. El jueves, por primera vez en mucho tiempo, el presidente, asumiendo su inminente derrota, no utilizó algún apodo cruel para dirigirse él sino, al fin, “señor Biden”.

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